Aullido invernal

Estas pasadas navidades  tuve una nueva  experiencia en montaña. No se trata de nada  épico ni dramático, tampoco nada extraordinario, pero creo que sí tiene una importante carga simbólica. Os cuento.

Con dos de mis primos, Juan,  un magnífico y veterano alpinista y Benoit, francés, recién incorporado a la familia por su matrimonio y a las montañas por sensibilidad,  que puede ser si quiere tan bueno como Juan, marchamos a pasar un par de días a la sierra del Barco, en el Gredos occidental.

La sierra estaba pelada, pétrea, tanto por la mucha roca como por la poca y dura nieve que adornaba las umbrías. No era el Gredos más espectacular y alpino que recordamos, pero a cambio teníamos poca gente, realmente aquí en invierno siempre hay poca, y buen tiempo asegurado,  por lo tanto dos días de plenitud por delante.

Las andadas en Gredos son por lo general notables en cuanto nos alejamos del Circo, así tras un buen rato de marcha aderezada con mochilas serias  llegamos a la laguna del Barco. Desde esta nos encaramamos,  serpenteando  con los crampones por la bonita e inclinada vertiente norte, a la Azagaya. Este pico, de nombre tan evocador y cima tan altiva, nos  situó en la divisoria castellano extremeña. Desde La Azagaya, en una cabalgada por  crestas con panoramas inabarcables,  accedimos a la Covacha, techo de esta parte occidental de la Sierra de Gredos.

Juan y Benoit cruzando la laguna de los Caballeros

Juan y Benoit cruzando la laguna de los Caballeros

¡Qué placer no tener prisa¡ Llevábamos todo encima. Éramos autónomos y podíamos jugar con nuestro futuro inmediato a voluntad. Tiempo estable, apenas viento, el Sol ya bajo, con sombras alargadas y luces tamizadas y elegantes… Tres buenos amigos con la sensación compartida de estar disfrutando como locos… ¿Qué más podíamos pedir  después de unos días de abrumador trasiego festivo-navideño!

Decidimos que la laguna de los Caballeros sería un buen lugar de vivac.

Pronto la divisamos desde la altura.

Buscando el mejor camino entre la abundante roca fuimos descendiendo hasta  ver cerca su superficie congelada, pulida y oscura, bajo la que se llegaban a distinguir las rocas del fondo.

Íbamos  bajando ya por el nevero que la dominaba cuando sobre  el crujir de los crampones en la nieve helada pudimos distinguir perfectamente un ruido apagado, como si fuera un aullido o lamento.

Benoit, como discípulo aplicado, nos miro de inmediato,  inquiriendo de qué se trataba.  Yo, desconcertado miraba al cielo por si algún vehículo volador explicaba aquello que no había oído nunca antes… Pasaron dos o tres segundos y el ruido huyó y nosotros decidimos que lo meteríamos en el baúl de las sensaciones no identificadas y por tanto a olvidar. Llevábamos todo el día en danza y dominaban las ganas de buscar un buen lugar donde echar el saco y prepararnos una sopa… Por lo tanto, “olvídalo Benoit… será el eco de algo lejano e irreconocible…”

A los pocos minutos pasábamos confiados en los crampones sobre  el oscuro y sólido espejo de la superficie de la laguna, en la que se veían atrapadas millones de burbujas de aire.

En la zona del desagüe un buen bloque de granito nos ofrecía parapeto del viento y respaldo para la cena, así que nos pusimos a cavar un poco en la escasa nieve dura para arreglarnos un dormitorio apañado de tres plazas. Eran como las 5 de la tarde y la luz languidecía mientras a nuestros  2000m la temperatura se despeñaba.

Juan y yo veíamos a Benoit un poco desconcertado. Él, siempre tan dispuesto y colaborador, no acababa de verlo claro… ¿Pero por qué al lado de esta roca, si hay unas planicies nevadas estupendas para colocar la tienda…? ¿La qué…? Se le cambio el color cuando supo que para nosotros ir a dormir al monte es, en principio, sinónimo de vivac.

- Es que mi saco no sé si va a ser suficiente…

-Pero Benoit, ¡te pregunté si tenías un buen saco!

-Sí, es bueno, pero para tienda; es que en Francia siempre llueve y no se piensa en esto de ir a dormir sin tienda…

Bueno, una vez arreglado el malentendido vimos que había nivel de saco y de abrigo variado para la noche, que se presentaba serena y moderadamente fría.Benoit se tranquilizó y a partir de entonces sí que colaboró con entusiasmo en hacer un buen agujero protector.

En esas estábamos cuando de pronto sucedió.

Teníamos la superficie de la laguna a no más de 5 o 6 metros.  En un descanso de la obra de acondicionamiento oímos de repente, con volumen notable y gran cercanía, el mismo aullido de antes.

Era como una mezcla entre un enorme y sordo lamento y un aullido apagado. Duro 3 o 4 segundos.

Nos quedamos todos quietos, casi esperando una continuación más altisonante…, pero  el “lamento” se fue diluyendo hasta desparecer.
Ahora estaba claro, era el hielo de la laguna; sí, seguro que eran las tensiones derivadas de los cambios de temperatura o de presión en el hielo de la superficie de la laguna. Sin embargo el ruido había sido tan vivo, tan similar a un lamento o a un aullido que la razón no podía hacer diluir la sensación  de que aquel lugar tenía sentimientos y nos los había mostrado. Nos parecía como si fuera un secreto mostrado solo a los que llegan a este remoto lugar en fechas tan  inhóspitas.

Inmediatamente proseguimos  la labor de preparar el vivac y luego  vino, ya en el saco,  el hornillo, la sopa, el té; poco después nos recostábamos sobre el duro suelo, dispuestos a descansar, o al menos a aguantar, las inacabables horas de la noche invernal.

Pero inevitablemente en cuanto me aislé en la tibieza del saco lo primero que me vino a la mente fue lo emociónate y significativo que había sido esa voz que vino de lo hondo de la tierra.

Las lagunas de montaña, esos ojos que miran al cielo desde lo más remoto, esos lugares siempre misteriosos y enigmáticos, cargados de leyendas, nos habían dado una nueva prueba de que nunca acabamos de conocer los infinitos elementos y procesos que tienen lugar en lo alto del planeta.
La laguna hoy, sin nieve que la cubra, con un determinado hielo y una determinada temperatura, ha respondido haciendo lo que habrá hecho miles de veces desde que Gredos existe…; pero qué pocos somos los que hemos podido vivirlo en directo como parte de la montaña, como invitados en su trastienda más privada.

He oído en las montañas el sobrecogedor estallido del alud, tan distinto si es de hielo glaciar o si rompe la placa de nieve; he oído muchas veces el desprendimiento de rocas y su eco ladera abajo; he oído como quebraban con tremendos chasquidos, los grandes pinos empenachados de hielo  durante el huracán invernal; y por supuesto he sufrido con paciencia y congoja el viento ululante y tenaz, como la turbina de un enorme avión, en lo alto del Himalaya.
Sin embargo ninguno de estos impresionantes sonidos era tan “biológico”, tan  tenue, tan profundo, tan nacido de las entrañas de la montaña como el de la laguna de los Caballeros en un anochecer de invierno. Ninguno había sido tan delicado y emocionante.

Así, como un nuevo vínculo con esa entidad cada vez más definida que es la montaña, es como entendí esta aparente trivial anécdota de un ruido, ¿sólo un ruido? en una noche de invierno en uno de los lugares más solitarios de Gredos.

Siempre nos quedan emociones por descubrir si caminamos con los sentidos y el corazón abiertos.

Pedro Nicolás

Vivac en la laguna de los Caballeros

Vivac en la laguna de los Caballeros

 

¿Monos de pluma en las expediciones de Mallory?

Hace unas semanas, buscando un regalo para la boda de unos buenos amigos de montaña, anduve de exploración por librerías de viejo. En una de ellas, además de encontrar varios tomos del Tour du Monde, el librero me lo presentó como el National Geographic del XIX, con  artículos que eran verdaderas joyas de la exploración de lugares remotos y exóticos del planeta, entre los que para algunos autores franceses estaba la profunda España del momento…, bueno, pues como digo, además del  Tour du Monde di con un  interesante libro sobre el Tíbet y el Everest.

Se trataba de la versión castellana, editada en Buenos Aires en 1948, del libro Through Tibet to Everest, del capitán J.B.L. Noel, quien había realizado importantes exploraciones en la frontera indo-tibetana y que fue seleccionado para ir como fotógrafo de las expediciones británicas de 1922 y 1924.

 

Parece que el original inglés de esta obra se publicó en 1929 y por lo visto sólo existe esta edición argentina en castellano, con una traducción, por cierto, particularmente pintoresca por no decir  lamentable, en la que las altitudes son caóticas, los sacos de dormir son talegos, los escaladores trepadores y  las plataformas  retallos…

Sin embargo, a pesar de sus deficiencias, graves sobre todo en las altitudes, su lectura me descubrió hechos interesantes que me han llevado a algunas reflexiones que desearía compartir con vosotros.

La primera idea es que tras cualquier gesta o acontecimiento de esos que hacen historia hay el esfuerzo y buen trabajo de personas calladas y anónimas, sin cuya labor nada hubiera sido posible. En este caso parece que los permisos para que la primera expedición exploratoria, la de 1921, entrara en el hermético país de altiplano fue cosa de Sir Charles Bell, Residente Político en Sikkim y en palabras de Odell “…uno de los muchos y excelentes funcionarios administrativos al servicio del Gobierno de la India que han pasado largos años realizando una labor silenciosa, recatada y constructiva en la frontera de ese país…, fomentando la comprensión y la amistad mutua entre el Gobierno de la India y el misterioso dios-rey, el Dalai Lama de Lhasa. Sir Charles conquistó la confianza de los tibetanos mediante el estudio cuidadoso de su carácter nacional y su perfecto conocimiento de su difícil idioma, que culminó escribiendo una gramática de esa lengua asombrosamente intrincada…” y sigue,  “es uno de los pocos hombres que han conquistado la confianza y la amistad del Dalai Lama. En 1920 fue invitado a visitar la Ciudad Sagrada… este mencionó por primera vez el asunto (el permiso de entrada de la expedición) un día en que se encontraba solo con Su Santidad en su habitación privada del Potala después de que Su Santidad hubiera despedido a todos sus ministros y funcionarios, y así obtuvo el codiciado permiso para que los exploradores entraran en el Tíbet”

Otro asunto interesante, yo al menos lo desconocía, es que en esta primera expedición el acceso hasta los pies del collado norte se hizo por un intrincado y complejo itinerario, y no, como se haría desde el 22, por el glaciar oriental de Rongbuk, pues no dieron la importancia debida a la entrada a dicho valle. Según el capitán Odell la cosa fue así: “En esta expedición de 1921 Mallory cometió un error muy infortunado cuando no dio con la entrada oriental del glaciar de Rongbuk. Más tarde descubrió su error y encontró ese glaciar pero sólo después de haberse acercado siguiendo una dirección oriental totalmente diferente a través de una hilera de montañas exteriores por un paso elevado, el Hlapka La… Se explica que Mallory no descubriese el glaciar oriental de Rongbuk porque le engañó la pequeña corriente  del arroyo que sale del valle. Creyó que el valle mismo solo podía ser en consecuencia, muy pequeño…” Y aquí aparece otra de las claves de esta historia en tres capítulos; se trata de la muerte, durante el largo y duro viaje de aproximación a la montaña, del Dr. Kellas, quien era sin duda, quizás junto  a Longstaff, quien se hallaba en el Ártico los dos máximos expertos británicos en  la geografía y peculiaridades del Himalaya. De haber estado alguno de ellos quizás hubiera sido otra la actitud ante la bocana de entrada del glaciar oriental de Rongbuk.

Este hecho tuvo incluso trascendencia en la expedición del año siguiente, ya con pretensión de cima, pues la exploración de la zona media y baja del Rongbuk, aún desconocida, pues Mallory no la recorrió al retornar por el mismo camino usado a la ida. De modo que ese tramo desconocido del Rongbuk planteaba interrogantes previos a la logística general lo que supusó un factor que retrasó y complicó la expedición.

¿Habría sido otro el resultado si Kellas o Longstaff hubieran participado en la exploración del 21? ¡Qué enorme papel juega el azar en el resultado de toda exploración!

Otra cuestión curiosa es que ya, desde los mismos albores del ochomilismo, se suscitó el debate sobre el uso del oxígeno embotellado. Durante los preparativos de la expedición del 22 Odell cuenta: “Un efecto de la falta de oxígeno es la fatiga de la voluntad y la debilidad mental hasta el extremo de que se pierde la inteligencia. Contra esto no hay  otro remedio que el del oxígeno artificial. ¿Debían tratar los trepadores (así figura en el libro) de luchar sin ayuda alguna contra estos inconvenientes, o debían cargar con los aparatos necesariamente pesados y hacer que su vida dependiera de la respiración artificial? Era una cuestión que suscitó interminables discusiones y controversias. La gente se dividió inmediatamente en dos escuelas. La de los partidarios y la de los adversarios del oxígeno. Finalmente se decidió que se realizarían tentativas con oxígeno y sin oxígeno. Había que idear inmediatamente los mejores aparatos que combinasen la levedad y facilidad de transporte con la sencillez, la seguridad y la capacidad de contener gran cantidad de gas, problema que no era fácil de resolver” Como vemos un tema que nos parece de finales del XX o incluso de principios del XXI y que ya estaba sobre la mesa hace casi un siglo…

El jefe de la expedición iba a ser el general Bruce. Por lo común, como sabemos, hay un número de miembros de la expedición, en esta y en todas, que quedan un poco desdibujados por la fama de los escaladores de altura, de los aspirantes a la cima… Sin embargo parece que el ya veterano general Bruce era todo un personaje.  En opinión de Odell, era simplemente el mejor hombre para ese puesto.  De él cuenta cosas como las siguientes: “Su fama se había extendido por toda la India gracias a sus hazañas extraordinarias en el Khud, o sea la ascensión  a las montañas, deporte de los gurkas del Himalaya, que consiste en subir y bajar corriendo por las laderas empinadas, generalmente antes del desayuno. A los alegres soldados gurkas les deleitaba ese deporte… Amaba las montañas y poseía un gran sentido de las mismas, que animaba y estimulaba su deseo de escalarlas… El trenecito de juguete que va desde las llanuras hasta Darjeeling le parecía demasiado lento, y solía saltar de él para atajar el camino corriendo ladera arriba, mientras el tren seguía describiendo ochos alrededor de las estribaciones…; era enormemente fuerte. Su juego favorito consistía en tenderse con la cabeza apoyada en una mesa y los pies en otra y hacer que se sentara en medio de su cuerpo un hombre muy pesado que no podía doblar sus espinazo” Como vemos era un general bastante peculiar, sobre todo, si nos atenemos a la idea imperante sobre nuestros generales, aunque es cierto que en nuestro ejército también hubo  a principios del XX, y sé bien que aún los hay ahora, algunos ejemplos de militares muy montañeros…, pero no nos desviemos del tema.

Otro aspecto que me ha llamado la atención es que en el plan original del año 22 si no se lograba escalar el Everest en primavera se iba a permanecer en la montaña a la espera del periodo favorable postmonzónico. Esta era una idea de sir Francis Younghusband. Solo el accidente  en el acceso al collado norte que supuso la muerte de siete personas, todos sherpas,  impidió llevar adelante el proyecto. Hay que entender que la aproximación era de tal complejidad que había que amortizar el esfuerzo, pero pasar más de medio año en las desoladas inmediaciones del Everest era una prueba de resistencia psicológica que nos quedamos sin saber como hubiera resultado.

Son muy curiosas sus conclusiones sobre el uso de las bebidas alcohólicas y del tabaco, pues según su experiencia el ron y el whisky eran dieta obligada, moderadamente, antes de irse al saco; además algunos escaladores y todos los sherpas se encontraban mucho mejor cuando fumaban como cosacos. Respecto al tabaco hay una anécdota que rompe, seguro, muchos clichés. Fue tal su demanda que pronto vieron que iban a escasear los cigarrillos.  Ningún problema: “Obtuve para ellos, (habla de los porteadores del equipo fotográfico y de filmación), más provisiones de cigarrillos de un comerciante chino emprendedor que instaló un pequeño negocio en el campamento base y vendió todas su existencias en dos día. Nos vendió cigarrillos chinos llamados “Caballo Favorito” a razón  de dos rupias el millar. Estaba satisfecho con su negocio y lamentaba que le fuese necesario recorrer tan largo camino para reponer sus mercaderías, pues había recorrido 1.500 kilómetros desde China con sus doce asnos. No sé qué beneficio obtuvo. Era un hombre notablemente emprendedor”

En otro momento del libro, mientras se narra la expedición del 22, se habla de la vestimenta usada. Afirma que lo mejor es: “una ropa interior de piel de camello ¿? que permite que circule el aire junto a la piel y que además se usa como pijama en los sacos”; pero más chocante me ha resultado lo siguiente. Dice el capitán Odell: “Finch  (alpinista australiano que estudió en Suiza y tenía ya un importante historial de escaladas alpinas), que poseía un cerebro científico, inventó una especie de traje de aviador verde acolchado con plumón en el que no podía entrar una partícula de viento. Debajo solía llevar un juego de ropa interior de seda, luego uno de lana….” Como vemos esa idea de que iban vestidos de señoritos enchaquetados es verdad, pero no toda la verdad… Si la foto de G. I. Finch con su mono de plumas verde, si es que existe alguna vestido de esa guisa, hubiera sido popular puede que nuestra idea de esas expediciones y de cómo se debían equipar los escaladores del Everest en el futuro hubiera sido bien distinta. Y esto me lleva a pensar que también en el himalayismo las ideas verdaderamente innovadoras se abren difícilmente camino…

Vayamos con Mallory. Cuando Odell relata el intento  de cumbre más importante de la expedición del 22 hace alusión a algo bien curioso… Iban Mallory, Somervell y Norton. Morshead se había tenido que quedar en el último campamento en el que los cuatro habían pasado la noche  al tiempo que batían el record mundial de altura. El relato de Odell dice: “Se turnaban para marchar en cabeza, pues el esfuerzo mayor lo tiene que hacer el que abre la marcha y hace los escalones para los otros. Mallory marchó con frecuencia en cabeza. Empleaba un método maravilloso, considerado como un secreto suyo, que le había dado buen resultado en las ascensiones a los Alpes y que consistía en respirar profundamente al mismo tiempo que ascendía balanceándose. Se ha dicho que podía introducir el aire más profundamente en sus pulmones y obtener de él más oxígeno que los demás. Pero nunca quiso explicarnos su método de respiración. Constituía su secreto”

La verdad es que tras leer esto no puedo sino ser escéptico sobre su real alcance, pero también es sensato pensar que algo habría, aunque fuese, solo, una actitud de distanciamiento  o de cultivar la diferencia… He de decir que a lo largo del libro, y lo vamos a ver de inmediato, no se percibe una especial simpatía de Odell por Mallory. Sin duda le respeta y valora, pero no parece que sus caracteres fueran demasiado afines, pues siempre marca una discreta distancia en la que sin embargo no deja de valorar su capacidad alpina.

Trasladémonos ya, por último,  a la expedición de 1924. Durante la primera parte de la estancia el tiempo fue terrible y sometió a la expedición a unos esfuerzos enormes en condiciones límite. Tanto es así que en un momento dado se declaró un repliegue general al Base. Luego, ya con la temporada muy entrada, se vuelve arriba. En uno de los porteos cuatro sherpas quedan atrapados en el collado norte y se muestran incapaces de bajar por si solos. Tras varios intentos Somervell, asegurado por Norton y Mallory, alcanza justo a asomarse al collado y les anima, casi obliga, a bajar en condiciones de gran riesgo por la enorme cantidad de nieve. Al llegar al campamento del glaciar, lo que hoy sería el Campo Base Avanzado, al hilo de lo sucedido, Odell cuenta esto: “En realidad, durante los siguientes días se produjo un éxodo general desde el campamento hacia el base de todos aquellos que no estaban a la altura de las circunstancias. Fue una especie de nueva retirada. Mallory permaneció mucho tiempo acostado en su tienda. Parecía enfermo y en mi opinión era “un hombre inepto”, (así, entrecomillado, figura en el libro. Quizás habría que traducirlo por fuera de combate…) cuando, algunos días después, partió para la montaña con Irvine para hacer su último esfuerzo y encontrar la muerte… Su resistencia estaba minada. Hizo su última ascensión poniendo en juego sus nervios.”

Unas páginas después relata el intento final, en ellas dice el autor: “Norton dijo: No cabe duda que Mallory sabe que realiza una empresa desesperada. Tuve la oportunidad de observar de cerca a Mallory, pues me hallaba en ese momento en el campamento del Ventisquero (quiere decir del Glaciar, el Campo Base Avanzado), y me formé la opinión categórica de que físicamente no estaba ya en condiciones de realizar la ascensión. Su desengaño amargo, aunque contenido, por los continuos reveses y la mala suerte con el tiempo que sufríamos aquel año era evidente, pero también su ambición vehemente. Su espíritu era el que lo hacía volver al ataque. Se había entregado de lleno a la tarea y necesitaba actuar. Consagraba sus últimas fuerzas a esa lucha”

Lo que ocurrió después todos lo sabemos. Sin embargo pienso que no es tan sabido que un testigo directo, y suponemos que neutral, tenía “la opinión categórica” de que el mejor alpinista del grupo ya estaba fuera de juego y que por tanto el intento estaba condenado al fracaso. Si a esto añadimos la fuerza psicológica y la audacia de Mallory y la “cuestión de estado” en que se había convertido esa tercera expedición al Everest, no es difícil concluir que el intento fue casi un intento a la desesperada.

Sin duda lo apuntado no impidió que llegaran tan alto como lo hicieron, pero estas  impresiones, de un testigo directo y experto, pienso que son realmente interesantes y muy a considerar en la eterna discusión de lo que pudo acontecer aquel día en lo más alto del planeta.

Pedro Nicolás

Bonatti en el techo de Madrid

Hace pocos días nos llegó la noticia del fallecimiento de Walter Bonatti.

Sin duda coincidiréis conmigo que se trata de uno de los nombres míticos del alpinismo. Su historia, sus escaladas, su personalidad, sus tenaces luchas en pos de lo que él creyó justo le hacen un personaje único.

En estas breves líneas sólo deseo contaros mi experiencia con Bonatti cuando tuve la oportunidad de conocerlo en marzo del  2008.

El encuentro se enmarcaba  dentro de la visita que realizó a Madrid  para recoger el premio internacional del año 2007 que le concedió la Sociedad Geográfica Española, de la que soy miembro y vocal de su Junta Directiva.

Pedro Nicolás con Walter Bonatti

Pedro Nicolás con Walter Bonatti

Sabemos que hay personas que se nos transforman en personajes y que de algún modo se mitifican y elevan a un pedestal superior. Quien como yo ha usado aquellas magníficas y minimalistas mochilas Bonatti de Millet, mosquetones Bonatti y no sé cuantas cosas más…, que todas nos remitían a un “ser superior”, pues ha de hacer un esfuerzo de naturalidad cuando por vez primera va a dar la mano a esa persona  más leyenda que terrenal… Bueno exagero un poco, pero entendéis bien lo que digo, pues al fin y al cabo hay periodos de la vida que nos marcan a sangre y fuego…, normalmente la adolescencia,  época en la que yo me encontraba cuando se  oía hablar de Walter Bonatti como el  portador de todas las esencias de ese alpinismo que consumía mis ilusiones.

Llego pues el momento de saludarle, como no, una vez más, en la librería Desnivel, donde iba a dar una conferencia aprovechando el viaje.

Walter Bonatti en la Librería Desnivel

La primera impresión fue inmejorable. Tanto Walter como su esposa Rosana eran de una simpatía y espontaneidad arrebatadoras. Por otro lado era emocionante y reconfortante observar  a tantos y tantos  compañeros de montaña con la misma ilusión, casi infantil, por compartir aquella tarde noche con Bonatti.

Pedro Nicolás con Walter Bonatti

Pedro Nicolás con Walter Bonatti

Su palabra, aunque en italiano,  alta, clara, comprensible y atinada fue una delicia; no se andaba por las ramas, respondía y exponía con rotundidad, ciñéndose a lo tratado y con respuestas que denotaban una de sus grandes virtudes:  la enorme inteligencia.

Sus 78 años no se percibían por ningún lado. El abundante y elegante pelo blanco, sus manos fuertes y grandes, su agilidad en un cuerpo aún poderoso, nos remitían a las características personales que hicieron posible su historial alpino convirtiéndole en  la figura histórica que ha acabado siendo.

La tarde noche finalizó con la firma de libros, lo que llevó a cabo con una simpatía que rozaba la ternura. Es poco frecuente que no se acabe desdibujando la sonrisa cuando la cola se alarga y alarga tras la conferencia y cada persona que se te acerca te dice algo, seguro que importantísimo para él, pero que casi no entiendes… Walter mantuvo el tipo de modo impecable con una  cordialidad que me pareció sentida y sincera.

Al día siguiente mi amigo Salvador consiguió que se nos permitiera subir al último piso, el 52,  de una de los cuatro rascacielos que en esos momentos estaban a punto de acabarse en la zona de Chamartín, al norte de Madrid. Armados con los cascos de obra y  los chalecos reflectantes ahí estábamos  Bonatti, Rosana y un puñado de amigos en el mismo techo de la capital.

Walter Bonatti y Darío Rodríguez

Walter Bonatti y Darío Rodríguez

El día era luminoso como lo son los que tenemos en Madrid tras jornadas de lluvia y viento. Yo estaba asombrado de ver que  tanto Walter como su esposa disfrutaban como locos. Las nieves del Guadarrama , entrevistas entre nubes, dieron que hablar, pero también el amplio y boscoso Monte de El Pardo, la altitud a la que estábamos, el horizonte observado en los cuatro puntos cardinales. Esa pequeña lección de geografía sobre Madrid y su entorno, dictada para un grupo de amigos ¡entre los que estaba Bonatti!, fue un momento inolvidable,  especialmente por la sensación de que Madrid se había puesto su mejor traje. Walter, el explorador de los rincones más asombrosos del mundo, valoraba y festejaba  nuestro Madrid,  sus, en ese momento,  verdes campos, su sierra próxima, su luminoso cielo azul…

Por la tarde, ya anochecida, volvíamos a encontrarnos.

En un salón de reuniones del hotel Velázquez, en el barrio de Salamanca de Madrid, el quizás más mítico alpinista de la historia daba otra charla, en este caso para los socios de la SGE. Tuve la suerte de que me ofrecieran presentarla y moderarla.

Nuestra amiga y consocia Diana, magnífica traductora profesional, colaboró a que la comunicación fuera fluida y certera; tanto que Walter, en un momento, paró su discurso y la felicitó, demostrando cómo le gustaban las cosas bien hechas…Los asistentes, yo les veía desde el estrado, estaban encantados con ese hombre y su incontenible energía. Todo lo que dijo era sensato y atinado. Nada especial… simplemente coherente, limpio, honesto y sentido. Sin atisbo de divismo o engreimiento.

Cuando acababa el acto, tras un interesante coloquio viví uno de esos momentos especiales de la vida.

Cuando a los 15 o 16 años las montañas empezaban a obsesionarme, en una  centro social que tenía la fábrica Pegaso, en la que trabajaba un tío mío, di con una colección de revistas París Match. Sería muy a fínales de los 60. Esas revistas mostraban aires distintos, una estética afrancesada, con glamour y liberalidad, aunque yo eso entonces sólo lo intuía. Lo que si me asombró es que una de sus portadas se dedicara al alpinismo, cosa impensable en nuestra España.  Era el relato, estremecedor, del drama del Pilar Freney  en el Mont Blanc ocurrido en julio de 61, cuando dos grupos, uno francés encabezado por Pierre Mazeaud y otro italiano con Bonatti, coinciden intentando abrir el pilar central. La historia de cómo son atrapados por la tempestad y como varios de los escaladores van muriendo en la terrible retirada es de una fuerza dramática inenarrable.

Ahora,  47 años después, cuando faltaba poco para salir de casa camino del hotel de la conferencia  rebusqué en mis carpetas y allí estaba, cuarteado y descolorido, el Paris Match. No sabía qué iba a hacer con él pero supe que debía llevarlo al encuentro.

Durante la conferencia y coloquio, de modo prudente,  lo dejé casi escondido a un lado de la mesa. Ahora llegado el  final, cuando debía cerrar el acto, casi en un impulso decidí sacarlo. Era la constatación, sencilla y sincera, que deseaba hacer explícita a Walter, de que hay personas, grandes personas, que marcan la vida de muchas otras. Pero pocas veces se puede hacer tan patente como en ese momento en el que mostré la vieja y preciosa revista, ya casi una reliquia, ante los ojos de la audiencia y del mismo Walter y le hice partícipe de que desde los lejanos 60 su forma de hacer y vivir las montañas había sido para mí y otros muchos un ejemplo y referente.

Bonatti miraba la revista como salida de ultratumba, no sé si porque le removía, toda una vida después, los recuerdos de la epopeya vivida o por lo inesperado. Rápidamente reaccionó con simpatía y cariño y creo que notó lo que le quise trasmitir: que ciertas personas singulares ejercen un poderoso y en este caso benéfico influjo en muchas otras. Ni más ni menos eso es la cultura.

Esa fue mi cordial, breve  y entrañable vivencia de Walter Bonatti. Su simpatía y su franca cordialidad incrementaron la admiración anterior hacia el increíble alpinista.

Este es el recuerdo emocionado que deseaba compartir con vosotros.

Descanse en paz Walter Bonatti y que su memoria haga tanto bien como su vida.

Pedro Nicolás

Otros asuntos no himaláyicos

Hemos pasado una temporada movidita entre comunicados, crónicas y relatos  venidos de las máximas alturas y las ruedas de prensa posteriores, por lo que, sin ánimo de ponerme estupendo y distante, pues en realidad vivo estos asuntos con el interés normal de quien considera lo que pasa en el monte como algo muy cercano, me parece muy sano para el lector y para mí mismo  un drástico cambio de tercio. ¿Qué mejor, con dicho fin, que una reflexión en voz alta sobre algo tan aparentemente alejado de los cotilleos del mundillo como es la toponimia?

Ya sé que en principio el tema echará para atrás a más de uno, pero os ruego un margen de confianza, para que comprobéis a ver si al final de lo que os quiero contar pensáis un poco diferente sobre algo tan aparentemente “plomo”.

Todos en nuestra actividad montañera nos hemos tenido que aprender, o al menos usar,  cientos o miles de nombre que designan lugares o zonas de nuestros montes y cordilleras.

Lo que no es tan habitual es que esos nombre de lugares, pues nada más que eso es la toponimia, nos sirvan, además de para situar una actividad o fijar un objetivo, para entender mejor la naturaleza y la historia de las montañas.

Os propongo un pasatiempo provechoso… Coger un mapa 1/50.000 o 1/25.000 de una zona que conozcáis decentemente; a ser posible con los nombres, los topónimos, en una de las lenguas de nuestro país que dominéis mejor.

Ahora poneros a escudriñar con un poco de atención los lugares por los que habéis andado o escalado y ver los nombres que designan cualquiera de los elementos, naturales o artificiales, que allí aparecen.

Cuando tengáis una veintena de nombres que os resulten curiosos quedaros con los más prometedores; aquellos decena que consideréis pueden aportar algo más, que pueden tener un significado, no obvio, pues de ser así no hay juego, pero tampoco excesivamente enrevesado.

Ahora viene la labor investigadora, la más complicadita pero también la más ilusionante: vayamos a diccionarios más o menos especializados como por ejemplo el Diccionario Crítico y Etimológico de Juan Corominas,  o el conocido  María Moliner o  sin complicarnos más el mismo diccionario de la RAE; (lo mejor sería hacerlo en una buena biblioteca, pero algunos, como el de la Real Academia, lo encontráis en internet), y hagamos probaturas con los nombres del listado. A veces, seguro, la cosa no será fácil y nos meteremos en callejones infructuosos; en otras habrá que echarle un poco de imaginación buscando aproximaciones partiendo de la raíz o usando variantes lógicas al topónimo exacto.

Puede que de los diez iniciales tan solo cuatro o cinco se dejen investigar con alguna facilidad permitiéndoos progresar, pero el esfuerzo vale la pena, pues os aseguro que si lográis entender lo que esas palabras nos cuentan de  esos  lugares concretos os vais a llevar una grata y emocionante sorpresa, pues todo cobra mucho mayor sentido y valor.

Por supuesto que estamos hablando de asuntos de lingüística, onomástica y etimología, actividades científicas muy serias y complejas, propias de especialistas, pero lo que aquí os propongo es tan sólo un mero acercamiento, casi lúdico, a estos modos de conocimiento. Os puedo decir, sin embargo,  que cuando en la universidad, en los estudios de Geografía o en la facultad de Educación, mis ámbitos de docencia que no son específicos de la lingüistica,  explico y presento lo mucho y bueno que los nombres del terreno aportan, la mayoría de los estudiantes quedan más que sorprendidos y su actitud ante los antes ignorados topónimos cambia radicalmente.

Por otro lado no es extraño que en una cultura cada vez más urbana e industrial los nombres heredados de la vida y las labores rurales se hayan convertido en enigmas crípticos. Esa es precisamente otra causa de su interés y valor. El mantener y recordar mediante los nombres del terreno los modos de vida del pasado es casi  obligado para aquellos a quienes nos gusta entender lo más cabalmente la realidad. Dicho de otro modo, queremos saber lo que nos dicen los nombres de la tierra sobre lo ocurrido en  ella para entender mejor en su presente.

Hay veces, casi siempre, que un ejemplo es mejor que andar con farragosas explicaciones. Aquí os presento un ejemplo. Vamos con un topónimo bien conocido: Formigal.

En mi opinión este topónimo, nada raro en campos y montes de nuestro país, posee un origen común con otros parecidos en los que no se ha dado  la transformación de la h en f: hormigal, hormigales…

Cerca incluso de Madrid, a los pies del Guadarrama, entre la localidad de Soto del Real  (buscar por cierto qué es un soto) y el Cerro de San Pedro, Hoja 509 del Mapa Topográfico Nacional, aparece un cerrillo  de 1.045m con ese nombre de Hormigales.

¿Os habéis preguntado de dónde procede, qué nos explica, a qué se refiere?

Quiero creer que gente de campo como los lectores de Desnivel entenderán que no podrá ser a causa de las hormigas, pues algo tan común, tan insignificante para el hombre rural por  abundante y general sería raro que fuera destacado con un nombre propio.

¿Qué será entonces?

La respuesta, hace años, la encontré en el Corominas y tiene su enjundia. Hay una acepción, escondida entre otras muchas,  que dice para hormigal: “montón que se hace en los campos con las hierbas arrancadas, cubiertas de tierra para quemarlas y que sirvan de abono”.

Después en algún sitio, quizás en el mismo Corominas, he leído que la relación con los hormigueros pueden proceder de su forma de montón o, para mí más verosímil, por los restos negros calcinados que quedan en el suelo tras la quema, evocadores de las hormigas. Pero en el fondo da lo mismo. Lo importante, lo curioso, es que el topónimo nos ha llevado a un tiempo pasado cuando el campo era mucho más autosuficiente, cuando la industria apenas existía y el abono se conseguía en el mismo terreno.

Es un nombre que no volverá a darse y una herencia significativa que haríamos muy mal en perder en  el olvido provocado por la desidia.

Otro ejemplo en la misma hoja del  Mapa Topográfico, aún más relacionado con el mundo de la montaña: al oeste de la localidad de Torrelaguna existe una cota de 924m que lleva por nombre Chifladero. Si se miran con atención las curvas de nivel se observa que es una especie de risco, continuación del paquete de calizas de periodo Cretácico, similar a los de Patones, en los que se desarrollan las vías de esta clásica escuela de escalada de Madrid.

¿Qué es eso de chifladero? En este caso la solución es más simple. Chifla: cuchilla casi cuadrada con filo curvo usada por curtidores… Es, ni más ni menos, una variante de cuchillar, (por ejemplo los conocidos cuchillares de Contreras, entre Cuenca y Valencia), que viene a designar un estrato rocoso, normalmente calizo o sedimentario, verticalizado  e individualizado hasta recordar una cuchilla o… una chifla.

Son tan sólo dos ejemplos. En la misma hoja aparecen  otros muchos nombres sugerentes. Sólo apunto algunos para quienes quieran comenzar en esta labor de verdad apasionante: huelga, por supuesto no laboral…, recordar el Monasterio de las Huelgas en Burgos; chortal, hatillo, horcajo, horma, poyal, rebollosillo, el guijo

Cito, para ir acabando a Rafael Lapesa, uno de los más importantes lingüistas de nuestro país además de académico de la lengua. En su artículo “La toponimia como herencia histórica y lingüística” presentado al  Coloquio Sobre Toponimia organizado por la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias, que tuvo lugar en Madrid en 1972, decía:
“Quisiera que después de este recorrido la toponimia no se nos presente como un depósito de fósiles ni como un archivo de datos para el historiador o el lingüista, sino como un tesoro de recuerdos vivos y operantes, lleno de problemas que incitan a la investigación. Encierra en sí la visión y la huella de la geografía, la presencia de toda la historia. No sólo la historia grande, la de los hechos sonados y personajes famosos, sino también la pequeña, la que Unamuno llamaba intrahistoria, la vida secular de villas y aldeas, con sus granjas, sus cultivos, sus santuarios locales, sus costumbres, sus consejas. Importa su recogida e importa la forma de recogerla. Urge acopiar la toponimia menor: el éxodo de la población campesina y pastoril amenaza su subsistencia… Pero es necesario recogerla con inmenso respeto…”

¡Esto decía Lapesa ya en 1972!

Los montañeros, por nuestra atención y presencia en el campo, nos hemos convertido, o al menos así debería ser, en algo así como semirurales o neorurales. ¡Atendamos por ello la toponimia! Las montañas y nuestra montaña como actividad lo agradecerán.

Antes de acabar una última cosa.

Estuve el 11 de mayo en las Maladetas en una escapada rápida de final de temporada de esquí. Las condiciones, el tiempo…, la actividad en conjunto fue magnífica. Sin duda el buen sabor de boca de esa salida entre semana al Pirineo se debió, en buena medida, a la cordialidad y profesionalidad de los guardas de La Renclusa. No es que pasara nada especial, es que ejercieron con amabilidad, conocimiento y rigor su trabajo. Nada menos. Creo que es bueno decirlo.

De canales y amistades

Hace un par o tres de semanas, al comienzo de Semana Santa, tuve una bonita experiencia en Gredos.

Toda montaña tiene su cuarto oscuro; ese lugar que infunde respeto, que es poco conocido, nebuloso, complejo…, donde sólo se ve a los que buscan descorrer cortinas e ir un poquito más allá.  Donde encuentras a aquellos que interesan las montañas por sí mismas no como escenario o trampolín.

En general  estos reversos de las montañas no son únicos pues dependiendo del tamaño de la cordillera y de la complejidad de su relieve pueden abundar más o menos. Se me ocurren entre muchas otras las crestas y canales altas del Circo de Gavarnie; la zona de los Esparrets en el Perdido; el envés del Vignemale en su ladera del valle de Ara o, cambiando de cordillera la vertiente  occidental del macizo del Cerredo en su caída hacia el Cares e incluso otros aún otros menos a la vista y sin cimas famosas como las paredes de los valles laterales de Añisclo o las perdidas murallas en la proa entre Ordesa y el Ara.

Gredos, una montaña más reducida, tiene dos caras bien definidas, la norte y la sur. La norte es casi un altiplano en rampa, amplia, fría y ventosa en invierno.  En la sur es muy distinta. En el sur de Gredos todo es vertiginoso, pendiente, grande y complejo. El salto es asombroso pues en menos de 10km encontramos 2000m de desnivel. No es tan conocido que nos hallamos en una zona con precipitaciones muy importantes, lo que unido a las fuertes pendientes crea unos valles abruptos, encajados y en las zonas altas muy descarnados. Muchos montañeros solo conocen de esta vertiente las fantásticas agujas del Galayar, maravillosas,  sin duda los mejores riscos de la Sierra, pero a los que se accede por quizás la única garganta “domesticada” de esta vertiente con buen camino, refugio e información.

Las restantes son otro mundo. Un mundo inmenso y desconocido para la gran mayoría. La mejor prueba de ello es simple: no existe aún una buena cartografía excursionista de la vertiente meridional de Gredos. Una interesante cuestión pendiente…

Si lo que nos planteamos es ir además de por el sur a lo más alto, es decir al Almanzor, aparece el nombre clave que os quiero presentar en estas líneas: las Canales Oscuras.

Casi todo alpinista que ha subido al Almanzor en invierno ha observado estos corredores de las Canales Oscuras con cierta aprensión como amenazantes toboganes de hielo, sin  final  visible, en la travesía desde la portilla del Crampón hacia la cima del Almanzor. Por desgracia su mala fama  es merecida debido a algunos  accidentes. Recuerdo haber leído muy de joven  el relato de Pérez de Tudela en la revista  Peñalara, me iba a la hemeroteca municipal a devorarlas,  de junio del 65, cuando él y Carlos Soria finalmente localizaron al fondo de estas siniestros canalones, tétricos dice César,  el cuerpo sin vida de  Manuel Moreno “Lili”, un prometedor alpinista del CAE, que cayó por ellas. Más tarde Carlos me lo contaría de viva voz y pronto me hice cargo de lo dura que debió ser aquella situación en un lugar como ese.

Bien, pues yendo al grano: este misterio sobre las míticas y escondidas canales, de cómo y cuantas son, había que resolverlo. Ya había subido en un abrasador verano desde El Raso, a unos escasos 800m, a la cima del Almanzor con sus 2.596m, por lo que se conoce como Camino del Tío Domingo, sendero de cabreros que une, por terrenos de verdadera alta montaña, el sur y el norte pasando por la Portilla Bermeja. Sin embargo deja a un lado la compleja orografía de las canales.  Teniendo claro, tras la incursión estival, los accesos y la configuración  general decidí que el siguiente paso era el invierno; hacerlo con nieve.

Así la primavera pasada, con mucha nieve, subí con dos compañeros, vivaqueamos por lo alto y ascendimos al Esbirladero, cima menor y vecina del Almanzor.

Javier y Raúl en las Canales Oscuras del Almanzor

Javier y Raúl en las Canales Oscuras del Almanzor

Ahora ya sabía cómo era este exigente terreno con nieve. Pero quedaban las canales. Busqué en internet y solo encontré unas interesantes referencias de su ascenso a principios de diciembre pero en un año que aún no se habían cubierto por la nieve. Además confirmaba la complejidad orográfica, pues se habla de varias canales y que una vez bajo ellas no es fácil orientarse.

Así las cosas  este año decidimos irnos para allá…, pero ¡oh casualidad!, justo 2 o 3 días antes de ponernos en camino encontré en la web de Sistema central un relato ¡del fin de semana anterior! de unos alpinistas que a la segunda, en dos temporadas sucesivas,  habían subido por las Canales Oscuras al Almanzor. Era la primera vez que tenía constancia e imágenes de su ascenso desde el sur de la Sierra. Por una parte sentí una especie de tristeza de que alguien me hubiera, tremenda casualidad, robado por unos pocos días ese “descubrimiento”. Sin embargo por otro lado reconocí mi admiración por quienes sienten la montaña de modo muy parecido al mío. En todo caso, ni así se rompió completamente el embrujo. Seguía habiendo aspectos no del todo claros y además las Canales son varias por lo que  siempre cabría buscar un nuevo camino en ese complejo y alejado mundo de rocas, hielo, nieblas y soledad. Lo cierto es que el ascenso fue precioso y sentimos la plenitud de un gran día de montaña, pero no os voy  a desvelar más,  no deseo hacer un artículo de montaña al uso relatando el vivac colgado en un precioso balcón sobre el Tiétar, el propio y laberíntico ascenso y la paliza final resultante… Es mejor que lo descubráis por vosotros mismos.

Lo que sí me interesa  es haceros partícipes de cómo se mantiene las ilusiones a lo largo de los años; haceros pensar en que siempre nos queda un rincón misterioso y fascinante en casi todas las montañas, aún en las más familiares. Es casi seguro que nuestros montes nos han mostrado un lugar que ha sugerido una aventura, física y mental, que por distintas razones hemos ido orillando año tras año y está muy bien y es muy satisfactorio tenerlas ahí, para que cuando se tercie, y hay que intentar que se tercie, volver a recuperar emociones descubridoras y anhelos de juventud.

Esto han sido para mi las Canales Oscuras del Almanzor. Seguro que todos vosotros tenéis las vuestras.

Bueno, diréis, ¿y lo de la amistad del título?

Pues veréis. Este pasado sábado pasaron por el Guadarrama  veloces y atronadoras las tormentas y vendavales.

Coincidio con la convocatoria de una marcha “guadarramista” que lleva por nombre Allende Sierra. ¿De qué va esto? Pues es un a iniciativa de un grupo de amantes y estudiosos de la sierra, surgida al socaire y para alentar los movimientos de declaración del parque nacional, de modo que no quedasen como un asunto solo de Madrid, implicando y dando presencia a los guadarramistas segovianos, de modo que se aunasen  las voluntades  de las dos vertientes. La marcha salía del puerto de los Cotos y bajaría por los pinares del Paular hasta cerca de Rascafría, reivindicando la necesidad de integrar, al menos en parte, esos magníficos bosques en el futuro Parque Nacional del Guadarrama.

Quería estar en la marcha por su simbolismo y porque pocos años antes, en épocas en que se usaba el Guadarrama como propaganda,  iban 200 o 300 personas, con Consejeros, ministrables y escoltas, ahora, como de hecho ocurrió, se pensaba que  no  se llegaría a la treintena. Pero a mi se me hace un poco cuesta arriba que la marcha sea solo cuesta abajo y algo corta, por lo que a pesar de los truenos madrugué y entre niebla oscura, granizos y vendavales, me subí a la cima de Peñalara con intención de unirme al grupo a medio camino. Así lo hice. Llegue a la cima en medio de una negritud e invisibilidad total. Ahora había que encontrar el camino planteado para bajar a unirme con los de Allende, lo cual significaba descender directamente por los escarpes situados entre Peñalara y el risco de Claveles, un terreno complejo y  con todavía numerosos neveros que en medio de la niebla y sin final visible no eran muy tranquilizadores. A pesar del GPS era asombroso como con niebla de verdad cerrada, con las rocas y las gafas mojadas, con  fuertes golpes de viento, en total soledad, hasta la montaña más conocida  se convierte en una aventura emocionante.

Al rato, con atención y avizorando entre nubes, roca y nieve, conseguí salir de los escarpes del risco de Claveles y comencé a bajar por la cresta morrénica de Pepe Hernando, lugar ya bien conocido y sin duda uno de los más bellos de toda la sierra.

Saqué el móvil y llamé a uno de los organizadores, Julio Vías, (cuyo libro Memorias del Guadarrama es una joya imprescindible para todo quien quiera saber de nuestra sierra),  para saber por  dónde estaban. No me recibe pues yo sí tengo cobertura… Guardo el móvil en el bolsillo y poco después, ya en el bosque solitario y bellísimo, suena del teléfono.

Pienso que es Julio y sin mirar descuelgo.., al otro lado, entrecortada, una voz suena lejana pero inconfundible.

Es Carlos, Carlos Soria, desde el CB del Lhotse/Everest. Quiere contarme que ha tenido que bajarse tras una mala noche en el II, con toses y congestión; que está un poco tristón, pero que ayer subió como una bala hasta aquel campo… Es increíble y maravilloso hablar con el amigo que está en el corazón de la Gran Cordillera desde un lugar tan entrañable y querido como es esta sillada de Garcisancho. Me paro y me siento en un tronco caído y nos transmitimos amistad y confianza.

Cuando cuelgo estoy con una mezcla de emociones. Se me entrelazan la de la buena amistad con la de unir montañas tan distintas pero con un papel similar en los sentimientos como pueden ser el Gran Himalaya y los pinares que faldean Peñalara. Hoy, sin duda, estos mucho más solitarios y bucólicos que aquellas del Khumbu, pero todas parte de un mismo modo de amar y disfrutar de las montañas.

Luego me uní a Allende Sierra y viendo sobrevolar  los buitres negros se leyeron poemas de Enrique de Mesa. Al fin y al cabo todo es lo mismo…

Pedro Nicolás

En la cresta morrénica del Hoyo de Pepe Hernando en Peñalara

En la cresta morrénica del Hoyo de Pepe Hernando en Peñalara

Cita en el Ventisquero

Se acerca el fin de semana y los hados son propicios. Buena previsión y parece que abundante nieve.

Lo segundo en la sierra de Madrid, en el Guadarrama,  es cada vez más raro, sobre todo si pedimos que nieve sobre nieve, con una base asentada y por tanto con buenas condiciones para el esquí de montaña.

Con estas noticias la gran tribu de la travesía se frota las manos, revisa tablas, pieles y cuchillas y el sábado, hay quien ya los jueves, y los viernes…, pero la mayoría el sábado temprano, antes de que se monte el gran cirio del esquí de pista, están comenzando la primera subida.

Subida a Cabezas con Valdemartin al fondo y las antenas de las Guarramillas en ultimo plano

Subida a Cabezas con Valdemartín al fondo y las antenas de las Guarramillas -Bola- en último plano

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Noche de marzo en La Residencia

Este lugar, rebosante de significados culturales, ofrece actividades  singularmente interesantes.  Además su situación en la famosa Colina de los Chopos, a la orilla de lo que fue el viejo Canalillo que distribuía antiguamente el agua de Madrid y aupado en un mirador sobre la vaguada por la que discurre la Castellana, es uno de los más agradables de la capital. Allí entre la sede principal del Consejo de investigaciones científicas,  el Instituto Ramiro de Maeztu, en el que pasé mis primeros años escolares y que fuera durante la República centro  de innovadoras experiencias pedagógicas, y a la vera de la cúpula del Museo Nacional de Ciencias Naturales se respira un ambiente de reverencia cultural y de amor por el conocimiento.

Eduardo Martínez de Pisón

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Himalayismo para mayores

Mis ya antiguos amigos de Desnivel me ofrecen la posibilidad de compartir con vosotros mis ideas y opiniones sobre las montañas en este blog del que soy asiduo lector. Bien sé que no es lo mismo ser lector que blogero y el desafío que supone contaros algo que merezca la pena, tanto el qué como el cómo, no deja de inquietarme; sin embargo, las inquietudes sólo se disipan con la acción, por lo que, tras solicitar vuestra comprensión, al menos inicial, me lanzo sin más miramientos a la comunicación cibernética.

Carlos y Pedro en el C-III tras la cima

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