Aullido invernal

Estas pasadas navidades  tuve una nueva  experiencia en montaña. No se trata de nada  épico ni dramático, tampoco nada extraordinario, pero creo que sí tiene una importante carga simbólica. Os cuento.

Con dos de mis primos, Juan,  un magnífico y veterano alpinista y Benoit, francés, recién incorporado a la familia por su matrimonio y a las montañas por sensibilidad,  que puede ser si quiere tan bueno como Juan, marchamos a pasar un par de días a la sierra del Barco, en el Gredos occidental.

La sierra estaba pelada, pétrea, tanto por la mucha roca como por la poca y dura nieve que adornaba las umbrías. No era el Gredos más espectacular y alpino que recordamos, pero a cambio teníamos poca gente, realmente aquí en invierno siempre hay poca, y buen tiempo asegurado,  por lo tanto dos días de plenitud por delante.

Las andadas en Gredos son por lo general notables en cuanto nos alejamos del Circo, así tras un buen rato de marcha aderezada con mochilas serias  llegamos a la laguna del Barco. Desde esta nos encaramamos,  serpenteando  con los crampones por la bonita e inclinada vertiente norte, a la Azagaya. Este pico, de nombre tan evocador y cima tan altiva, nos  situó en la divisoria castellano extremeña. Desde La Azagaya, en una cabalgada por  crestas con panoramas inabarcables,  accedimos a la Covacha, techo de esta parte occidental de la Sierra de Gredos.

Juan y Benoit cruzando la laguna de los Caballeros

Juan y Benoit cruzando la laguna de los Caballeros

¡Qué placer no tener prisa¡ Llevábamos todo encima. Éramos autónomos y podíamos jugar con nuestro futuro inmediato a voluntad. Tiempo estable, apenas viento, el Sol ya bajo, con sombras alargadas y luces tamizadas y elegantes… Tres buenos amigos con la sensación compartida de estar disfrutando como locos… ¿Qué más podíamos pedir  después de unos días de abrumador trasiego festivo-navideño!

Decidimos que la laguna de los Caballeros sería un buen lugar de vivac.

Pronto la divisamos desde la altura.

Buscando el mejor camino entre la abundante roca fuimos descendiendo hasta  ver cerca su superficie congelada, pulida y oscura, bajo la que se llegaban a distinguir las rocas del fondo.

Íbamos  bajando ya por el nevero que la dominaba cuando sobre  el crujir de los crampones en la nieve helada pudimos distinguir perfectamente un ruido apagado, como si fuera un aullido o lamento.

Benoit, como discípulo aplicado, nos miro de inmediato,  inquiriendo de qué se trataba.  Yo, desconcertado miraba al cielo por si algún vehículo volador explicaba aquello que no había oído nunca antes… Pasaron dos o tres segundos y el ruido huyó y nosotros decidimos que lo meteríamos en el baúl de las sensaciones no identificadas y por tanto a olvidar. Llevábamos todo el día en danza y dominaban las ganas de buscar un buen lugar donde echar el saco y prepararnos una sopa… Por lo tanto, “olvídalo Benoit… será el eco de algo lejano e irreconocible…”

A los pocos minutos pasábamos confiados en los crampones sobre  el oscuro y sólido espejo de la superficie de la laguna, en la que se veían atrapadas millones de burbujas de aire.

En la zona del desagüe un buen bloque de granito nos ofrecía parapeto del viento y respaldo para la cena, así que nos pusimos a cavar un poco en la escasa nieve dura para arreglarnos un dormitorio apañado de tres plazas. Eran como las 5 de la tarde y la luz languidecía mientras a nuestros  2000m la temperatura se despeñaba.

Juan y yo veíamos a Benoit un poco desconcertado. Él, siempre tan dispuesto y colaborador, no acababa de verlo claro… ¿Pero por qué al lado de esta roca, si hay unas planicies nevadas estupendas para colocar la tienda…? ¿La qué…? Se le cambio el color cuando supo que para nosotros ir a dormir al monte es, en principio, sinónimo de vivac.

- Es que mi saco no sé si va a ser suficiente…

-Pero Benoit, ¡te pregunté si tenías un buen saco!

-Sí, es bueno, pero para tienda; es que en Francia siempre llueve y no se piensa en esto de ir a dormir sin tienda…

Bueno, una vez arreglado el malentendido vimos que había nivel de saco y de abrigo variado para la noche, que se presentaba serena y moderadamente fría.Benoit se tranquilizó y a partir de entonces sí que colaboró con entusiasmo en hacer un buen agujero protector.

En esas estábamos cuando de pronto sucedió.

Teníamos la superficie de la laguna a no más de 5 o 6 metros.  En un descanso de la obra de acondicionamiento oímos de repente, con volumen notable y gran cercanía, el mismo aullido de antes.

Era como una mezcla entre un enorme y sordo lamento y un aullido apagado. Duro 3 o 4 segundos.

Nos quedamos todos quietos, casi esperando una continuación más altisonante…, pero  el “lamento” se fue diluyendo hasta desparecer.
Ahora estaba claro, era el hielo de la laguna; sí, seguro que eran las tensiones derivadas de los cambios de temperatura o de presión en el hielo de la superficie de la laguna. Sin embargo el ruido había sido tan vivo, tan similar a un lamento o a un aullido que la razón no podía hacer diluir la sensación  de que aquel lugar tenía sentimientos y nos los había mostrado. Nos parecía como si fuera un secreto mostrado solo a los que llegan a este remoto lugar en fechas tan  inhóspitas.

Inmediatamente proseguimos  la labor de preparar el vivac y luego  vino, ya en el saco,  el hornillo, la sopa, el té; poco después nos recostábamos sobre el duro suelo, dispuestos a descansar, o al menos a aguantar, las inacabables horas de la noche invernal.

Pero inevitablemente en cuanto me aislé en la tibieza del saco lo primero que me vino a la mente fue lo emociónate y significativo que había sido esa voz que vino de lo hondo de la tierra.

Las lagunas de montaña, esos ojos que miran al cielo desde lo más remoto, esos lugares siempre misteriosos y enigmáticos, cargados de leyendas, nos habían dado una nueva prueba de que nunca acabamos de conocer los infinitos elementos y procesos que tienen lugar en lo alto del planeta.
La laguna hoy, sin nieve que la cubra, con un determinado hielo y una determinada temperatura, ha respondido haciendo lo que habrá hecho miles de veces desde que Gredos existe…; pero qué pocos somos los que hemos podido vivirlo en directo como parte de la montaña, como invitados en su trastienda más privada.

He oído en las montañas el sobrecogedor estallido del alud, tan distinto si es de hielo glaciar o si rompe la placa de nieve; he oído muchas veces el desprendimiento de rocas y su eco ladera abajo; he oído como quebraban con tremendos chasquidos, los grandes pinos empenachados de hielo  durante el huracán invernal; y por supuesto he sufrido con paciencia y congoja el viento ululante y tenaz, como la turbina de un enorme avión, en lo alto del Himalaya.
Sin embargo ninguno de estos impresionantes sonidos era tan “biológico”, tan  tenue, tan profundo, tan nacido de las entrañas de la montaña como el de la laguna de los Caballeros en un anochecer de invierno. Ninguno había sido tan delicado y emocionante.

Así, como un nuevo vínculo con esa entidad cada vez más definida que es la montaña, es como entendí esta aparente trivial anécdota de un ruido, ¿sólo un ruido? en una noche de invierno en uno de los lugares más solitarios de Gredos.

Siempre nos quedan emociones por descubrir si caminamos con los sentidos y el corazón abiertos.

Pedro Nicolás

Vivac en la laguna de los Caballeros

Vivac en la laguna de los Caballeros

 

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