Los Guerreros del Hielo

Esta es una historia antigua y sobre alpinistas polacos. Algunos les denominan guerreros del hielo, yo más bien les llamaría guerreros del frío. Veréis la razón…

Expedición polaca invernal al Manaslu, enero 1984.

Todo viene a cuento porque este pasado invierno, de nuevo,  unos polacos  han sido los primeros en estar sobre la cima de un ochomil en invierno. En este caso se trataba de Janusz Golab y Adam Bielecki, quienes el 9 de marzo de este año se encaramaban al Gasherbrum I en el Karakorum.

Muchos sabéis que allí estaban también, intentando abrir una nueva ruta en el mismo G-I, entre otros, Alex Txikon y Carlos Suárez. También que tres alpinistas no han vuelto tras un intento a la cima de esa misma montaña, aunque esa es otra enorme y profunda historia.

Pero es del himalayismo invernal polaco y de mi experiencia con algunos de sus protagonistas de lo que os quiero hablar.

La cosa viene de lejos y empezó a lo grande. En febrero de 1980 Wielicki y Cihy ascienden el Everest marcando un hito que adquiere su verdadera importancia cuando se contempla con la perspectiva de los 32 años que nos separan de aquel hecho.

Antes habían subido al Nosaq, en Afganistán, creo que en el 73, y luego a más de 8000 en el Lhotse sin alcanzar cima. En ambas invernales el protagonista fue Zawada, jefe de la del Everest 80 y miembro del grupo que realizó el primer intento a cima.

Para que nos situemos sobre cómo era el himalayismo mundial del momento los españoles en ese febrero del 80  habíamos ascendido sólo 3 de los catorce ochomiles principales: Manaslu, Makalu y Dhaulagiri y a la cima oriental del Annapurna. De hecho los polacos en la invernal al Everest hacían las ascensiones 103 y 104 del Everest.

Ya se hablaba entonces de la dureza de rusos, polacos y demás alpinistas “del telón de acero”, que es como en aquel tiempo se decía. Pero en general se les conocía muy poco, dadas las dificultades administrativas y económicas que tenían para viajar fuera de su país si no era de modo oficial.

Todo esto queda perfectamente reflejado en Mi mundo vertical, emocionante libro de Jerzy Kukuczka, (Desnivel, 2001) que debiera ser lectura obligada para todo aquel que desee saber que es de verdad el alpinismo. Volveremos a Kukuczka más tarde.

Bien, retornemos a los lejanos inicios de los 80.

Era el verano del 82. Por segunda vez me iba a escalar a los Andes peruanos. La primera había sido más en plan de expedición “seria”, en el 77, cuando había hecho la primera española al Chopicalqui dentro de una salida de la ya desaparecida  Sociedad Deportiva Excursionista de Madrid. Ahora en un grupo mucho más informal y heterogéneo marchábamos a la Cordillera Blanca con objetivos variados y versátiles. Hicimos varios cincomiles en la quebrada Qojup y una muy bella escalada en el Ranrapalca.

Luego cinco de nosotros fuimos a intentar el Huascarán. Todo era fluido pues éramos verdaderos amigos y no había compromisos ni tensiones.

La verdad es que los hechos están algo desvaídos por el mucho tiempo transcurrido, pero sí recuerdo que llegamos a un campamento por debajo de la Garganta, yo conocía aquello del 77, pues hicimos una escapada tras ascender al Chopicalqui, donde el mal tiempo nos detuvo. Allí encontramos acampado otro pequeño grupo. En la espera pronto contactamos con ellos. Su “portavoz” era un simpático médico polaco, ya veterano, que no paraba de hablar y con quien fue muy fácil conectar. Su nombre, Lech Korniszeswki. Los otros cuatro, todos miembros de un club de montaña de Zakopane, eran mucho más jóvenes, apenas hablaban inglés y a pesar de ser amables y sonrientes, casi no asomaban fuera de las tiendas. Se les notaba en su ambiente…

Hablando con Lech en el campamento del Huascarán, 1982.

Poco a poco supimos más de ellos. Eran parte del equipo que hacía poco más de un año había abierto la estratosférica vía polaca a la inmensa pared sur del Annapurna. Uno de ellos, Boguslav Probulsky,  era precisamente uno de los dos que habían hecho cima.

Su equipo nos llamó la atención. Nosotros, alpinistas de medio pelo, llevábamos todos nuestras botas Koflach de plástico. Ellos las miraban arrobados comparándolas con sus gastadas botas de cuero.

El mal tiempo persistió un par de días más hasta el punto de considerar el volvernos. Al final tres de nuestros compañeros decidieron bajar y marchar hacia el Pisco, mientras que Juan Martínez, mi primo del que os he hablado en otro post (Aullido Invernal), y yo, nos quedamos tras acordar con los polacos que haríamos un intento a la cima.

Lo que sigue es una de las más increíbles y satisfactorias experiencias en alta montaña que recuerdo.

Ya digo que los 30 años que nos separan de aquel momento diluyen los detalles, pero no la esencia del recuerdo pues para Juan y para mí fue una lección de alpinismo absolutamente memorable.

Muy de mañana, casi de noche, salimos los siete para arriba. Debíamos partir como de 5.700 y pronto la ascensión se convirtió en una cabalgada desbocada que de no ser por su presencia nunca se nos hubiera ocurrido. Pasábamos grietas, escalábamos muros realmente pendientes, conteníamos el aliento en los puentes de nieve y boqueábamos, ellos también, como peces asfixiados…, pero allí no había quien dijese alto.

Boguslav Probulsky y un compañero aprovechando un descanso.

Todo para arriba. Juan y yo, que estábamos bien aclimatados y bastante finos en esto del hielo y los glaciares, nos mirábamos y sonreíamos en una especie de mezcla de orgullo, sorpresa y incredulidad. Esto no era lo que nos habían enseñado ni habitualmente hacíamos. Era una locura agotadora y excitante; pero es que al lado de estos guerreros del hielo, incluso del veterano doctor, todo era fácil y la sensación de confianza se acrecentaba hasta lo insospechado.

Juan, el segundo, con los polacos  en el Huascarán Sur.

 

Su familiaridad con aquel mundo glaciar era increíble. La cuerda apenas salió de la mochila hasta la bajada. Cuando había que hacer una parada por un rapel o por asegurar un tramo muy vertical veíamos con asombro como los que no estaban montando el tinglado sacaban la baraja y se jugaban una manita de cartas, mientras se fumaban un truja. Estaban absolutamente como en casa a pesar de vernos rodeados por grietas y en ocasiones por amenazantes seracs…

Juan, el tercero, y dos polacos toman aliento, mientras Lech Korniszeswki otea el terreno.

Al llegar a la meseta cimera nos envolvió la niebla. Habíamos subido a un ritmo endiablado. Tras un rato sentados a la espera del claro que nos ubicara dijeron ¿Nos vamos? OK. No les importaba para nada la foto de cima ni  “el honor de la cumbre probada”, estaban en otro nivel.

Lech durante el descenso del Huascarán.

“Venga para abajo…” y de nuevo nos metimos en un preciso y precioso baile de crampones y piolet, ahora escudriñando con olfato entre la niebla para no enredarnos en un terreno tan complejo.

Todo acabo afortunadamente bien con el retorno al campamento. Lo cierto es que no recuerdo exactamente dónde dormimos, lo que sí me consta es que Juan y yo, ya solos, hicimos una bajada a Musho y creo que aún más abajo, que tengo por el mayor desnivel nunca bajado de un tirón en mi ya larga vida de montañas.

 

Además de bastante impresionados por nuestros circunstanciales compañeros habíamos quedado muy amigos, por lo que nos citamos en Lima.

Así, al cabo de unos días, ya en la capital,  fuimos a una casa particular donde un emigrante polaco les daba cobijo, pues eso era, y no otra cosa,  lo que tenían en una especie de humilde garaje en el que pernoctaban en el suelo. Nos compraron a precio de saldo, o cambiaron por tornillos de hielo de titanio, todo lo que pudieron de nuestro equipo y luego fuimos a celebrarlo comiéndonos un pollo estilo Kentucky, paradoja capitalista-socialista, con cervezas en un parque limeño.

Con los amigos polacos en Lima. Maciej Pawlikoski, a la izquierda de espaldas.

Meses después recibí la carta del doctor Lech con algunas fotos y sugiriendo que montáramos juntos una expedición al Himalaya, pues les facilitaba enormemente los permisos de salida el que fueran “invitados” por una expedición extranjera.

La cosa finalmente no cuajó, pues creo les salió un plan mejor con un grupo mejicano.

Las noticias en los 80 no corrían como ahora. ¡No existía internet! aunque ahora nos parezca imposible, y sólo las revistas y los anuarios de referencia, daban información, siempre atrasada, de lo que acontecía en las altas cordilleras.

Pero aún con retraso esas informaciones nos fueron dando la verdadera dimensión de nuestros polacos del Huascarán.

El 12 de enero del 84, Maciej Berbeka, uno de nuestros compañeros, hacía junto  a Gajewski la primera invernal del Manaslu. El jefe de expedición era el propio doctor Lech Korniszewski.

El 12 de febrero del 85 el mismo Berbeka, junto a otro de nuestros amigos Maciej Pawlikoski consigue la primera invernal del Cho Oyu.

En el 86 Boguslav Probulsky forma parte del equipo que consigue la invernal del Kangchenjunga; la cima la logran Wielicki y Kukuczka. Él estaba en el segundo equipo que no pudo intentarlo por enfermedad y fallecimiento de un compañero

En el invierno del 87 al 88 se efectúa un intento polaco al K2  que es rechazado. Berbeka, junto a algún otro, aprovecha para tantear el Broad Peak. Va dejando atrás a todos sus colegas y en solitario logra la antecima de 8.027m. Hasta hace muy poco esta era la máxima altitud escalada en invierno en el Karakorum.

En febrero del 87  de nuevo alpinistas polacos logran el Annapurna y en el 88 la invernal del Lhotse.

De repente se produce una racha que niega más cimas invernales y  han de pasar 17 años para que de nuevo se ascienda en invernal un ochomil y ahora surge junto al polaco Morawski el italiano Simone Moro, verdadero revulsivo en esta actividad, quienes escalan el Shisa Pangma el 14 de enero de 2005.

Pronto aparece en escena Urubko, inmenso alpinista, que comparte con Moro la invernal del Makalu en febrero del 2009 y del G-II junto a Moro y al norteamericano  Cory Richards en 2011.

Este año 2012 Moro y Urubko han intentado el Nanga Parbat sin conseguirlo, mientras los polacos de nuevo aparecían en acción con la invernal del G-I que comentaba al inicio de estas líneas.

Por cierto, nuestro conocido Berbeka, había liderado entre tanto dos expediciones invernales al Nanga Parbat, ¡por Rupal! en los años 88-89 y 91-92, en las que también habían sido rechazados.

Sin duda el Nanga aparece como un reto pendiente para los polacos pues otras expediciones invernales lo habían intentado en el 97-98, el 06-07 y el 08-09, todos antes de la de Moro y Urubko de este pasado invierno. Seguro que vamos a ver gran himalayismo en el Nanga en los próximos inviernos.

En fin, no os aburro más. Sólo querría hacer alguna consideración final.

La primera es que de modo general los rasgos más definidos de cada sociedad se muestran en sus acciones colectivas. Los polacos, soñadores, austeros, sufridos y solidarios, crecidos y educados en el frío y el sacrificio han dado muestra de su ser en las altas montañas del mundo. Sin duda las sociedades también cambian, pues no son monolíticas  ni inmutables, pero muy a menudo subyacen pulsiones y rasgos que tardan en disolverse. Este año hemos tenido muestra de que los polacos siguen ahí.

Otra idea: ¿Cómo hemos valorado desde el alpinismo “occidental” a estos rudos, a veces poco “vendibles” alpinistas? Creo, de verdad,  que injustamente.

Al leer el libro antes citado de Kukuczka  no pude por menos que pensar que el que no se adapta a los cánones estéticos y mediáticos imperantes lo tiene difícil. Jerzy Kukuczka era un verdadero “oso” de los ochomiles que quizás no escribía ni se movía en las conferencias o en las ruedas de prensa con la solvencia de otros. Y eso ha hecho que fuera de Polonia se desconozcan o infravaloren sus asombrosos méritos.

Creo, en verdad,  que en los foros alpinísticos occidentales ha sido generalizada esta falta de atractivo mediático, y por tanto de la presencia merecida del muy envidiable alpinismo polaco.

Así son las cosas. Valoramos lo que mejor conocemos, pero en justicia no deberíamos olvidarnos que hay solo una gran verdad al margen de lo que se cuenta y de cómo se cuenta, y es la que acontece allá arriba, sin notarios ni periodistas, y en esa verdad desnuda, que debemos buscar entre líneas, de coraje, sufrimiento y aguante los polacos se han mostrado imbatibles.

No está de más recordarlo.

Yo lo tengo claro desde el 82.

 

Pedro Nicolás

3 Comentarios »

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  1. “…..Volví a encontrarme al doctor Korniszewski creo recordar que en el 94 en el aeropuerto de Islamabad a la vuelta del G-II. Él estaba con Kukuczka a quien me presentó….”
    Esto es imposible porque Kukuzka he fallecido en 1989.

    Comentario por Gian Piero — 25 mayo 2012 #

  2. Estimado Gian Piero, tienes toda la razón. Efectivamente tuve ese encuentro en una sala de embaruque o de Islamabad o de Kathmandú, pero se me deben haber mezclado los recueros y las fechas. A finales de los 80 e inicios de los 90 estuve a menudo en estos países y la verdad es que no podría ahora saber cuando tuvo lugar lo relatado. Por ello he decidido retirar esa parte del texto.
    En todo caso siento el error. Gracias por el aviso.

    Un abrazo.
    Pedro Nicolás

    Comentario por pedronicolas — 25 mayo 2012 #

  3. ¡Muy bonita historia Nicolas!
    Soberbio tu párrafo final acerca de la verdad desnuda, que suscribo en su integridad, como suscribo las afirmaciones acerca del extraordinario y “desconocido” himalayismo polaco de décadas pasadas. Una cosa son las cifras y otra las realidades, pero ya le dijo Messner a Kukuczka, cuando el polaco acabó los catorce, que él no era “segundo” en nada…
    Un abrazo, apc.

    Comentario por apc — 15 junio 2012 #

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